
A comienzos de los ochenta se populariza el cubo de rubik, un divertido rompecabezas tridimensional que se volvió un reto para los niños y adultos, la serie animada de Hanna-Barbera The Smurfs (Los pitufos), que adaptaba el cómic del belga Pierre Culiford (Peyo), hizo famosos en el mundo entero a los populares duendecillos azules, al punto de que en cada hogar de clase media era fácil encontrar uno o varios muñecos de los pitufos a escala natural (unos 6 cm). A comienzos de los ochenta, hacía mucho frío en Blackeberg, un barrio obrero de Estocolmo, Oskar tenía doce años y ningún amigo, y en cambio, era sometido a constantes burlas y malos tratos por sus crueles compañeros. Hasta la noche en que Oskar conoció a Eli, quien sabía armar el cubo de rubik a una velocidad asombrosa, y es que Eli tenía los mismos 12 años de Oskar, lo que pasa es que ella los tenía desde hace mucho más tiempo. Y entonces las cosas cambiaron para Oskar, ya sus compañeros dejaron de ser un problema (o acaso se convirtieron en uno mucho más serio), ya no importaba que su padre divorciado y alcohólico prefiriera emborracharse con sus amigotes que pasar el fin de semana con su único hijo, o que su madre estuviera siempre de tan mal humor, porque ahora estaba Eli con él, y Eli sabía cosas que nadie más sabía, y ocultaba secretos que nadie habría entendido. A comienzos de los años ochenta, Oskar conoció el amor, conoció también el significado de la muerte, del horror, del sacrificio…
Finalmente, en este año 2008 que termina, se estrenó la que acaso sea la mejor película de vampiros desde Martin de Romero, o el Nosferatu de Herzog y la que, definitivamente, es una de las mejores películas de horror contemporáneas, Låt den rätte komma in (traducida al español como “Déjame entrar“), del sueco Tomas Alfredson.

Basada en un libro que pretende ser autobiográfico (qué tal que realmente lo fuera) Déjame Entrar es mucho más que una película de genero, más bien es un retrato generacional, una historia nostálgica, y profundamente melancólica, que encuentra en el viejo mito del vampirismo una elegante y poética forma de hablar de esa edad difícil del inicio de la pubertad. El clima de la película es frío como la nieve que aparece como telón a lo largo de todo el metraje, crímenes despiadados, vampiros trepando las paredes, chupando sangre o ardiendo espontáneamente al contacto con la luz del sol son mostrados sin aspavientos, sin escándalo, se trata de tópicos del universo vampírico que, metidos en una película realista, se convierten en otra cosa, en una metáfora conmovedora y emocionante, como dijera un escritor “A veces, la imaginación y la fantasía te comunican lo que, de otro modo, te seria imposible soportar, incluso acerca de ti mismo“. En un tono muy europeo, muy nórdico, pero absolutamente moderno y universal, en Déjame entrar se nos cuenta, en clave de fantasía, una historia sobre la soledad, el desamparo y la crueldad.

A quienes estén hastiados del panorama actual de las ficciones sobre vampiros, que parecían haber exprimido el tema hasta dejarle las venas secas, y a quiénes quieran ver cine europeo del que no aburre

Gérard Lauzier, dibujante y cineasta francés nacido en 1932, murió el sábado pasado a los 76 años, retirado de la actualidad de la Bande Dessinee desde la publicación de Portrait De l’Artiste en 1992. Habiéndose ganado un espacio único en el universo del cómic francés, las historias de Lauzier pueden definirse con una sola palabra: Inteligencia. El dibujo por su parte era sencillo, pero eficaz y muy expresivo, y resultaba el medio ejemplar para unos guiones especialmente cínicos, caracterizados por una visión lúcida y desencantada de la realidad. Testigo de los profundos cambios sociales que vivió Francia entre los 60 y los 70, Lauzier supo ser el espejo de su tiempo con un humor brillante, que escondía una profunda desesperanza. Además de eso, podemos ver en “Cosas de la vida“, “La carrera de la rata” o “Diario de un joven“, la descripción minuciosa de toda una sociedad, tal y como lo hiciera un siglo atrás Balzac en sus novelas.
“El cómic infantil no me interesa en absoluto, y me veo incapaz de hacer una historia de ese corte. Además, el cómic infantil ha sido ya muy explotado. Lo que hay de maravilloso en el comic para adultos -en lo concerniente a las historias- es que no hay nada. Contamos con buenos dibujantes, pero los buenos guionistas escasean. No leo cómics porque me aburren. Encuentro la materia sin consistencia. ¡Ya quisiera yo leer cómics para adultos, pero que me ofrezcan algo que valga la pena! La mayor parte de las veces, con sólo leer unas viñetas ya sé lo que va a pasar. Claro que hay excepciones, pero por lo general, en un campo tan nuevo, tan rico, que atrae a los jóvenes, me sorprende tanta pobreza y la depauperación profunda del cómic para adultos. Compro todas las revistas, porque es mi trabajo, y tengo que decir que me cuesta muchísimo dar con una historia en la que no se tome al lector por un gilipollas. Y eso me sorprende, pues el cómic es un modo de expresión en el que el autor goza de campo libre. Si uno se dedica al cine o a la novela, se ve obligado a inscribirse en una tradición, se ve obligado a hacerse sitio entre un centenar de personas que nadan en la misma dirección. En el mundo del cómic, estás solo, no hay nada. Tampoco comprendo por qué no se cuentan historias para adultos que sean interesantes. No sólo lo que se hace no ofrece ningún interés, sino que encima se trata de ciencia-ficción, de historia, de surrealismo, o bien es algo totalmente hermético. Me sorprende asímismo que no se haga más cómic de la vida de cada día; y no soy el único que lo dice, ya que WOLINSKI escribió un artículo a ese respecto en “Charlie”.










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